Una tarde clara y silenciosa
A veces, cuando hay un día de esos de otoño en el que el cielo está límpido, el sol brilla y hasta el viento parece soplar de forma silenciosa, cuando todo está en calma, me gusta sentarme bajo el viejo olmo y recordar mi juventud. Especialmente, recordar cuando la conocí. Por aquél entonces no sabía nada de ella, pero cuando pasó por delante de la panadería, con cara de concentración y el pelo ondeando detrás de ella, marcó un antes y un después en mi vida. Aún no lo sabíamos, pero esa tarde clara y silenciosa cambió mi vida para siempre. Los recuerdos me llenan de nostalgia, pero también de alegría. Fueron buenos tiempos.
—¿Estás volviendo a recordar el pasado, cariño? —su dulce voz me saca de mis pensamientos. No sé cuánto tiempo lleva Eurídice aquí, pero ya no estoy sola bajo el viejo olmo.
—Son estos días, me recuerdan tanto a la primera vez que te vi…
—Eso dices siempre. —Sonríe socarrona, escondiendo muchas palabras en esas comisuras—. Pero te has olvidado de nuestra cita. ¿No será que prefieres a la yo del pasado antes que a la yo de ahora?
—¿Cita?
—Sí, tonta. Hoy habíamos quedado en el mausoleo. Suerte que te conozco y sabía que estarías aquí, la verdad.
No me permite responder porque me besa con la fuerza de mil soles, con la pasión de toda una vida queriendo a alguien y aún y así estando más enamorada que el primer día. Y, por supuesto, yo me pierdo en ese beso, tan dulce y delicado, tan firme y tranquilizante, tan pasional y emocionante.
—Venga, Mercedes, vamos al mausoleo, que hoy está especialmente bonito, con todas las coronas de flores y las ofrendas —insiste, tirándome del brazo, y no me queda más que seguirla.
Colina abajo, entre las hojas secas que se han caído y las tumbas, atravesamos el cementerio, desde el viejo olmo hasta el enorme mausoleo que hay en la zona oriental. En esta tranquila tarde, el mausoleo está completamente vacío, no hay ni un alma. El cementerio entero se viste de gala por estas fechas: familiares que nunca visitan las tumbas vuelven una vez al año para quitar las malas hierbas y dejar ofrendas, aficionados y seguidores se acercan a dejar sus ofrendas en las tumbas de famosos e importantes personajes históricos, familias enteras se congregan alrededor de las tumbas más recientes. Pero el mausoleo es el caso más especial. Lleno de figuras importantes y de familias adineradas, lo limpian a conciencia cada año justo a principios de la temporada y se pasan luego toda la época llenándolo de coronas de flores, ofrendas diarias de comida y, en el caso de antiguos artistas, una nueva guitarra o un nuevo set de pluma y tinta.
A Eurídice le gusta mucho pasearse, contemplar las ofrendas. Es nuestra tradición anual. Aquí pasamos nuestra primera cita, aquél primer otoño; observando el mausoleo, fijándonos en todas las tumbas, paseando por el cementerio, sentándonos bajo el viejo olmo a comer unos panecillos que habíamos traído en una cesta. Fue aquél año en el que nos fijamos que siempre hay tumbas que pasan estas fechas sin pena ni gloria. No aquellas en el mausoleo, obviamente, pero sí otras repartidas por todo el cementerio. Tumbas que han sido olvidadas. Y fue entonces cuando empezamos a cuidar de esas tumbas. Paseando por el cementerio, limpiábamos todas las tumbas que no habían sido cuidadas esa vez y les poníamos flores, que yo recogía y que Eurídice trenzaba, además de alguna ofrenda de alimento. Siempre nos entristecía cuando alguna nueva tumba se unía al repertorio, pero algunas veces teníamos suerte y era sólo una ocurrencia puntual, y al año siguiente volvían los familiares, agradecidos de que alguien hubiera cuidado de sus antepasados mientras ellos estaban fuera.
Ahora ya no podemos hacerlo, tristemente. Muchas de las tumbas que nosotras cuidábamos han quedado atrapadas por la hiedra y el musgo, los nombres invisibles a través del verdor. Por eso ahora sólo vamos a ver el mausoleo, a ver las tumbas que han sido cuidadas. Pero soy incapaz de concentrarme en admirar las flores exóticas y las comidas elaboradas cuando sé que tantas tumbas han sido completamente olvidadas. Cuando sé que las nuestras se están deshaciendo en polvo poco a poco.
—Mercedes, cariño. Deja de preocuparte.
—Sabes que no puedo.
—Nada de esto es tu culpa, en serio.
—Es mi culpa que no estés en este maldito mausoleo, cómo quieres que no me preocupe.
—Quiero que dejes de preocuparte porque esta conversación la tenemos cada año y, honestamente, no me parece que haber sido enterrada en este mausoleo y que me llenaran de regalos cada año compensara una vida sin ti. Me casé contigo porque quise, Mercedes. Y mi tumba me gusta, porque está junto a la tuya. Nuestros cuerpos duermen juntos y nuestros espíritus pasean juntos. Eso es lo que quiero, pero las flores me gustan tanto como me gustaban estando viva, cuando tomé esa decisión. Y quiero que respetes mi decisión y vengas conmigo a ver esta preciosa caléndula.
—¿De todas las flores y te gusta la caléndula?
—Es que mírala, tiene una perfección matemática que no tienen otras flores.
—La verdad es que es bastante bonita, sí.
A veces olvido que Eurídice eligió estar conmigo y a veces tiene que recordármelo. Pero viéndola pasear por el mausoleo, admirando los detalles más insignificantes, entiendo que quizá lo que le guste de esto no es tanto el concepto de las ofrendas, que ella no recibe, si no la cualidad artística de ellas. Quizá no le moleste no tener flores, lazos, comidas y los deberes de su nieto más joven describiendo las explosiones nucleares, siempre y cuando pueda observar la luz resplandeciendo sobre el nuevo set de copas que le han regalado a algún antiguo noble.
—Quiero ir a ver nuestras tumbas.
—¿Eh?
—Quiero ir a verlas. Ahí es donde yacen nuestros cuerpos, juntos. Enterradas en matrimonio. Quiero ver nuestras tumbas.
—Mercedes… ¿Estás segura?
—Completamente.
Tal y como esperaba, nuestras tumbas han sido abandonadas. Hacía mucho que yo no venía, aunque creo que a veces Eurídice viene sola. Tuvimos una buena vida. Éramos una pareja algo excéntrica, la panadera y la chica rica que abandonó a su familia por amor, pero nunca sufrimos mucho. Su familia la desheredó, pero el pueblo entero nos aceptaba. Me aceptaba. El verdadero golpe vino cuando morí, y el cura me enterró al lado de mi esposa. Bajo mi nombre de nacimiento. No me gusta venir aquí por eso, para no ver ese nombre que nunca me representó, pero en el fondo, son nuestros cuerpos los que reposan aquí abajo. Juntos, como debería ser.
Acaricio la mano de Eurídice mientras observo la hiedra tapando nuestros nombres. El de Eurídice está bastante más a la vista, siendo más fácil de identificar. Probablemente sea porque, durante un tiempo tras mi muerte, alguno de sus sobrinos siguió encargándose de su tumba. Pero nadie se encargó de la mía, y gracias a ello el nombre ya casi no se ve. Con esfuerzo alguien podría identificar una E mayúscula al principio, y que mi nombre de pila terminaba en “io”. Pero ese nombre ya no es relevante. La hiedra lo cubre, nadie lo recuerda.
—¿Sabes? Creo que me gusta que no haya nadie cuidando de mi tumba.
FIN
- Este relato forma parte del Reto de Escritura #Origireto2019, organizado por Stiby, de Sólo un capítulo más, y Katty, de La Pluma Azul de KATTY.
- Este relato, de 1219 palabras, corresponde al objetivo 9, Utiliza un cementerio como escenario para un relato.
- Para esta historia se incluyen los objetos 15, una pluma, y 25, una explosión nuclear.
- Para Medallas, este relato está protagonizado por una mujer, y pasa el test de Bechdel, cumpliendo 11/6 para Feminista y 8/2 para Bechdel. Incluye a una protagonista trans y lesbiana, junto con otra lesbiana, por lo tanto siendo protagonizado por una persona no normativa, cumpliendo 9/3 para Interesante. Está escrito en primera persona y en presente, siendo 12/6 para Verbórrea Interminable con 9/2 para Presente.
- Podéis encontrar el resto de mis entradas para el #Origireto2019 aquí, y las de Neswina aquí. O, en su defecto, los de ambas aquí.


















